PROCUSTO
La última vez que José Saramago estuvo en Castril, sentados en la terraza del Cantón, me dijo algo que entonces no llegué a entender.
Me dijo; "Vete de aquí, vente con nosotros, porque contra la envidia nunca vas a ganar".
Ahora se bien a qué se refería, pero aquella tarde sentí un cierto pudor, porque nunca pensé que había en mí algo por lo que ser envidiado, no soy rico, ni muy agraciado, no tengo novio y ni soy querido o respetado.
Pero de lo que hablaba Saramago y no entendí en aquel momento, era de que ese tipo de envidia es el "homenaje" que la mediocridad rinde al talento.
Y que lo que más y mejor caracteriza esta "envidia" enfermiza, es el deseo de que el otro, el envidiado, no tenga lo que tiene, que no sea verdad que lo tenga, que no sea cierto su éxito profesional y que no sea tanta como parece su valía personal.
La envidia implica entonces desear algo que tiene otro: capacidades intelectuales, habilidades, prestigio, relaciones sociales, etc. y al no poder conseguirlas, le ocasionan el enojo o la ira y el ánimo de venganza.
El ser humano que experimenta envidia también manifiesta sensación de placer o bienestar cuando el sujeto al que se envidia está atravesando por un mal momento que tú mismo has provocado y también disfruta cuando el otro lo pierde todo, aunque el envidioso no gane nada.
Para el envidioso las mentiras son el arma más efectiva para destruir al objetivo de su frustración. La mentira siempre es una falta de respeto a la inteligencia de los demás, pero se aceptan, se entienden, hasta se avalan...se les busca una lógica, algo que permita su legitimidad. Tarde o temprano alguien las destapa y entonces nos damos por enterados de su falsedad.
Si a todo lo anterior sumamos algo semejante al Síndrome de Procusto, que debe su nombre a una figura de origen mitológico y que se define como “aquel que corta la cabeza o los pies de quien sobresale”.
