sábado, 27 de octubre de 2012






Hay miradas que los buenos sentimientos desatan y hay miradas que matan con el odio y la animosidad que delatan. 

En los ojos de algunos es fácil saber de cuales se tratan, pues con su amor o con su rabia y violencia se retratan.  


Llegados a este punto, me pregunto de dónde sale en algunos ese odio presunto.


En algunos es difícil de entender, porque ese odio se suele esconder en anónimos mensajes que todo el mundo puede leer y en los que a sus autores no se puede reconocer.


En otros es más fácil de comprender, más allá de la razón que, para odiar y aborrecer, puedan, o no, tener.


Si soy sincero, yo sí sé de dónde viene el odio que me profesa un determinado bloguero, que nombrar no quiero y del que solo refiero que me mira con ojos de carnero.


Ya lo dijo un filósofo puntero, a Friedrich Nietzsche me refiero, que el odio, como el amor, no es ciego, sino que está cegado por un fuego interesado y fiero.





En general, para que una amistad se tuerza y se vuelva hostil e insana, la cosa es tan sencilla, fútil  y mundana, como cometer el pecado de no hacer de buena gana lo que alguien te pidió que le hicieras una determinada mañana.


Y aunque ahora se reprocha y se critica en mi proceder, hubo un tiempo en que los que me critican hoy, antes me pedían, para su beneficio, que hiciera abuso de mí poder.


Mi error, al parecer, fue no quererlo hacer, o no poder, y el fruto que llegué a obtener es el odio que entonces pudo nacer y que, hasta hoy, no ha parado de crecer.


Lo que quiero decir es que, como norma general, detrás de cada anónimo con la insultante animosidad habitual, detrás de cada crítica lanzada con iniquidad, detrás de cada jurada u oculta enemistad, detrás de cada rencor, discordia y hostilidad, siempre hay solapado un interés insatisfecho con su correspondiente particularidad, que lleva escondido una enorme mezquindad.


Con lo dicho no pretendo justificar que no haya nada que criticar en mi forma de proceder y gobernar, ni mantengo que todo lo hecho ha sido siempre ejemplar, pues soy consciente de hasta qué punto he podido fallar y asumo que me he llegado a equivocar. 

Solo quiero manifestar que no siempre se es justo e imparcial a la hora de criticar y que casi siempre habla el que más tiene que callar.