miércoles, 8 de agosto de 2012

LA FORMACIÓN DEL SEÑORÍO DE CASTRIL.







Según Carmen Alfaro Baena, tras la campaña de 1488 la mayor parte de las alquerías de la Hoya de Baza habían pasado a poder de los cristianos, situándose la frontera, prácticamente, en la misma vega de la ciudad.

Así pues, era lógico que el próximo objetivo fuese Baza, ya que si finalmente esta ciudad era ganada se rendirían el resto de las grandes ciudades de la zona oriental que permanecían fieles a El Zagal, Almería y Guadix, y por tanto se completaría la ocupación de todo este territorio del reino granadino.

En mayo de 1489 se inician las operaciones militares desde Jaén, tomando el camino hacia Quesada y Tíscar, para entrar en la hoya de Baza a través del curso del río Guadiana Menor. Instalado el real en Sotogordo, una parte de los contingentes se dirigieron hacia el Campo Cuenca, en las inmediaciones de Castril, desde donde entraron en la fortaleza que fue la primera de toda la zona en rendirse. A principios de diciembre Baza capituló después de un penoso asedio de seis meses.





Las primeras noticias que disponemos de Castril, ya en manos cristianas, datan de 1490 y nos señalan que el lugar quedó despoblado como consecuencia de la guerra:

«Castril quando era poblada dizen que valia hasta ciento fanegas de pan de renta e que tiene muy buena sierra que cabran en ella cada un año veynte mili cabezas de ganado que pagaran de doze vna que son dozientas e quarenta cabezas, agora por la pas valdrá mas».

No obstante, parece seguro que permaneció un pequeño grupo de población mudéjar dedicado a la ganadería, actividad ésta que no requiere una importante fuerza de trabajo. Sin embargo si pudo haber un abandono por parte de aquellas personas que vivían de la agricultura.

Castril fue pronto enajenada a favor del secretario real, Hernando de Zafra, quien por merced la recibió por juro de heredad el 16 de febrero de 1490 como pago a «los muchos e buenos e señalados e leales servigios... que nos avedes fecho e fazedes cada dia, espegialmente en la guerra de los moros...». Se trataba de una concesión peculiar que nos impide hablar de un «señorío pleno», ya que no le fueron reconocidos, ni la facultad de juzgar ni la potestad sobre los moradores. Únicamente se especificaba la posesión militar de la fortaleza y del dominio territorial e incluso cuando en muchos casos es la Corona la que se quedaba para sí el control de las fuentes de riqueza, en este caso es el secretario Zafra quien tiene el dominio absoluto de «todo ello desde la hoja del monte hasta la piedra del río».

El 13 de septiembre de ese año concedía Carta-Puebla a los pobladores y moradores del lugar, en un intento de animar a la repoblación con cristianos viejos.

Que en Castril permaneció un grupo de mudéjares, lo confirma la presencia de Abd Allah el Cotrob, musulmán que había ayudado a los cristianos a entrar en este lugar y que ahora es nombrado su alcalde y alguacil, además de recibir importantes propiedades tanto en Castril como en otros lugares de la hoya de Baza.




Pero además el propio texto de la Carta Puebla lo señala:

«No han de criar puercos en las huertas ó lugares de los moros, é si criaren sus haciendas de los dichos moros, puedan matar en pena».

«Ha de quedar el horno para el alfaquí é para la mezquita».

El señor de Castril fijó en doscientos los vecinos que podrían avecindarse y a los cuales entregarían huertas e tierras para pan y viñas, es decir tierras de secano y regadío.




Se les permitía construir una casa y además Fernando de Zafra les ayudaba a cada uno con mil maravedíes que debían ser devueltos al cabo de cuatro años.
Este plazo se fijaba también para poder vender las tierras que les eran entregadas, siempre a vecinos del mismo lugar y nunca a forasteros.

Además se les imponía como única carga durante los primeros cuatro años el diezmo de los frutos que obtuvieran y a partir del quinto año deberían entregar el quinto de todas las cosas de labranza y crianza.





En cuanto a los pastos se distinguían las zonas de llano en las cuales se podía pacer «sin derechos y la sierra con derechos», lo cual significaba su arrendamiento, que el secretario real inició pronto, a fin de obtener alguna rentabilidad de sus nuevos dominios.

Si bien sabemos que agricultura y ganadería convivían antes de la llegada de los cristianos, y que de esta última se obtenían importantes beneficios, no sabemos si la presión del fisco nazarí llevó a los musulmanes a arrendar sus pastos a los cristianos del otro lado de la frontera como ocurría frecuentemente en las zonas de Málaga y Jaén. Además esta actividad parece estar estrechamente asociada a la importante explotación salinera existente en torno al río Guadiana Menor, cuya sal sería aprovechada para alimento del ganado.


No obstante, para llevar a cabo sus planes, Fernando de Zafra debió delimitar los términos de su señorío, tanto hacia el E como hacia el O a raíz de la gran pugna que se desató entre los nuevos señoríos de la hoya de Baza.

En 1491 los Reyes Católicos decidieron el mantenimiento de la comunidad de pastos, norma de tradición musulmana que permitía la libre circulación del ganado. Su principal consecuencia fue el inicio de largos pleitos entre estas villas para delimitar los términos que correspondían a cada una de ellas, con la intención velada de impedir que los ganados de los lugares vecinos penetrasen en sus tierras a pastar.

Ya vimos el pleito de La Marmota que consiguió legitimar una sentencia dada en 1384 que incorporaba la importante zona de Cebas al término de Castril. Algo similar ocurrió con la denominada Hoya de la Puerca, actualmente en la provincia de Jaén en los terrenos ocupados por el Embalse de la Bolera, donde se encontraba el paso fronterizo de los dos reinos y que al menos hasta el siglo XVIII formaba parte del término de Castril.

Para evitar problemas con el Condestable de Navarra, nuevo propietario de Huesear, en el límite O del término, Zafra solicitó de los Reyes una carta de amparo sobre «términos e prados e pastos e montes e dehesas e abrebaderos de la villa de Castril fazia la parte de la villa de Huesear», según le correspondían desde que estaba en poder de los musulmanes.

En cuanto al pleito con Castilléjar, es de fechas posteriores, 1548, y en el se cuestionaba la propiedad de un área de nominada Campo del Rey, rico también en pastos, que era tenido como suyo por los vecinos de esta villa, pero donde también acudían con frecuencia los hatos de Castril a pacer.

No tenemos noticias de cuál fue la respuesta a la Carta-Puebla de 1490 y el alcance que tuvo este primer intento repoblador. Sin embargo contamos con un reparto de tierras llevado a cabo en 1527 por los herederos de Zafra, que afectó a 65 «... veginos viejos de esta villa de Castril que se entienden los que están aquí antes del primero día de henero de 1527». Todo parece indicar que se trata de un nuevo Repartimiento, independiente del llevado a cabo en 1490, por el cual los beneficiarios reciben tierras de secano, regadío, casas o en su defecto solares y, majuelos. Incluye este reparto un conjunto de cláusulas que pretenden ordenar la repoblación e impedir que ésta se convierta en un medio fácil de obtención de riqueza.

De esta manera se obligaba a los vecinos a esperar un mínimo de cinco años para poder vender las propiedades que le eran entregadas, debían pagar el terrazgo de los frutos que obtuvieran «de cada nueve fanegas una». Para las tierras de monte se establecían condiciones muy específicas de tal manera que quedaba expresamente prohibida su compra o venta si no estaban roturadas.


En cada donación se detallan las fanegas comprendidas en cada lote, indicándose la localización del pago y sus límites.

También se hace referencia específica a las fanegas que son de monte y que están pendientes de roturar. Se incluye la suma total de las fanegas y las casas y huertas con sus respectivos lindes.

En líneas generales del estudio de este documento se puede concluir que fueron entregadas un total de 2.888,5 fanegas de tierra en treinta y un pagos distintos, de las cuales 1.604,5 correspondían a secano, 553,5 a regadío y 730,5 participa de ambos en una proporción que no hemos podido determinar.

Las zonas de regadío están mucho más fragmentadas y sus parcelas serían de un tamaño mucho menor que las de secano, en donde prevalecía una mayor homogeneidad.

Hemos podido constatar la no existencia de grandes disparidades, de tal manera que aunque una pequeña minoría se beneficia del reparto, en líneas generales, tanto el tamaño como al calidad de las tierras que reciben son similares.


El total de la superficie roturada y ganada al monte apenas llega al 12% y se halla repartida en proporción a la extensión de cada pago. No obedece, tanto a su distribución geográfica como a la cantidad que corresponde a cada poblador a una necesidad de aumentar la superficie de cultivo por falta de tierras.

Más bien hay que buscar la causa de este hecho en la progresiva adaptación del territorio disponible a aquellos cultivos más propios de la economía castellana.

Estas tierras que ahora se incorporan son destinadas en su mayor parte al cultivo de cereales, si bien la presencia de hortalizas, frutales y plantas textiles seguía siendo importante.


En definitiva tenemos que hablar de una nueva reorganización económica de este lugar, que relega a un segundo plano la ganadería en favor de la agricultura, ya que el aumento de la producción agrícola permitía la obtención de mayores beneficios para el señor de la villa.